Agricultura urbana, una siembra de vida

Por experiencia propia o cercana habréis visto crecer en Maracaibo pequeños espacios, en materos o cualquier recipiente puestos en algún balcón, porche, terraza, en una ventana, en un pedacito de terreno, suspendido en el aire o colgando en las paredes, variedad de hierbas aromáticas, especias y hasta plantas vegetales y frutales que conviven en suelo entre edificios, urbanizaciones, calles, casas, avenidas, canchas, parques, estacionamientos, en fin, en un complejo y ruidoso ecosistema urbano. Eso forma parte de lo que hoy se reconoce como agricultura urbana.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO) explica que la agricultura urbana y periurbana es toda práctica agrícola, dentro de las ciudades y en torno a ella, que podría destinarse para satisfacer necesidades de una población urbana; en tanto que agricultura urbana se refiere a pequeñas superficies (solares, huertos, márgenes) situadas dentro de una ciudad, destinadas a la producción de cultivos para el consumo propio.

En nuestro país, la agricultura urbana se presenta como una alternativa para las familias, que consiguen de esta manera abastecerse de algunos rubros cultivados en sus propios huertos. Diversas experiencias agroproductivas han impulsado al gobierno bolivariano a crear, en 2016, el Ministerio del Poder Popular de Agricultura Urbana para darle fuerza, con políticas públicas, a lo que, con mucho trabajo, pudiera llegar a transformar el modelo monoproductor y propiciar la siembra de otra cultura de producción y consumo, la agrourbana, que tiene entre sus beneficios, según la FAO: generar alimentos sanos, crear una mayor conciencia de los valores nutricionales y medicinales, disminuir los desperdicios haciéndolos aprovechables y crear también una conciencia ambiental urbana respecto a los recursos naturales.

De piso de terracota a huerto ecológico

El profesor José Balza Hernández, profesor de LUZ, lleva desde 2016 cultivando plantas aromáticas y medicinales en un espacio del conjunto residencial donde vive, edificio El Guayabo, de la urbanización Ciudadela Faría. En principio esa pequeña franja de tierra fue destino de escombros y luego pensado para ser convertido en un piso de terracota, mientras tanto sólo era un margen enmontado del estacionamiento, hasta que Balza le puso el ojo y, pese a la resistencia de la comunidad en su inicio, bajo un pacto de caballeros, que consistió en comprometerse a sacar sus “maticas” si se daba lo de la construcción del piso, la Junta de Condominio accedió a su plan agrícola.

A cuatro años de su puesta en práctica, nadie se acuerda del piso y, por el contrario, los vecinos se han sumado a la siembra. El huerto ecológico ganó la batalla: “Había un espacio en el estacionamiento relativamente reducido de cerca de unos 15 metros cuadrados. Me conseguí allí un trabajo duro, hacer excavaciones, sacar restos de construcción y comenzar a remover piedras. Desmonté y comencé con unos ajís picantes que me regalaron y unas plantas aromáticas que adquirí en un vivero, lo que me permitió acondicionar 10 metros cuadrados. Así comenzó esta huerta”.

Una botica natural y ecológica con su ‘piache’ urbano

Una botica natural y ecológica con su ‘piache’ urbanoHoy día, en 60 metros cuadrados, unas 20 especies entre albahaca, malojillo, orégano, hierbabuena, toronjil, túatúa, pericón, sanguinaria, acetaminofén, hierbasanta (atroverán), calanchoe, moringa, sábila, entre otras, y frutales como semeruco, limón, mandarina, granada y manzanita, además de barbacoas de cebollín, conviven entre carros y cercas eléctricas con los habitantes del edificio El Guayabo, a quienes este pequeño huerto lleno de luz, mariposas y canto de pájaros, les brinda salud física y espiritual:  

La huerta hoy se ha convertido en una pequeña botica para la comunidad del edificio y ha generado un cambio desde el punto del medio ambiente, una relación diferente con la naturaleza. Ha sido extraordinariamente satisfactorio el hecho de que le lleguen a uno a consultar para un tratamiento por un problema digestivo, una afectación en la piel, infusiones para relajarse; prácticamente, pero de forma responsable, estoy haciendo una suerte de piache urbano, un curandero de los tradicionales, eso nos ha permitido reencontrarnos con prácticas que forman parte de nuestro acervo cultural y que han sido borradas producto de la transculturización”, dice. “Vamos haciendo conciencia y dependiendo menos de la industria farmacéutica que ve la medicina y nuestra salud como un negocio”.

Una botica natural y ecológica con su ‘piache’ urbano

Una botica natural y ecológica con su ‘piache’ urbano

Nada se pierde, todo se transforma

El huerto es sustentable y su construcción producto del reciclaje. Al respecto comenta Balza: “La desarrollé con recursos que para otros ya no tenían valor. Pude hacer uso de muchos desechos del edificio e ir construyendo la infraestructura básica: recipientes para promover la germinación de semillas, botellas de plástico, recolección de envases que me permitieran almacenar agua”.

Nada se pierde, todo se transformaExplica que el agua es una dificultad pero que han podido mantenerse recolectando agua que se genera en el propio edificio, de la condensación de los aires acondicionados de los apartamentos. “Ya nos aprobaron (la administración del edificio) para hacer un pequeño tanque de agua con una capacidad de mil litros, y la buena nueva es que nos cedieron los ladrillos para la construcción. También, he modificado poco a poco el suelo utilizando técnicas de termocultura, que tiene que ver con incorporarle al medio todo lo que la huerta genera, porque nada se descarta, todo se transforma, le devolvemos a la tierra lo que ella nos da. Si podo, los resultados de la poda son insumos para generar abono que luego son incorporados a la huerta, también le incorporo la llamada hierba indeseable, de ese modo he podido garantizar la sustentabilidad de la huerta, y además es completamente orgánica, ahí no se utiliza agroquímicos, el control es completamente biológico”.

Para Balza, la meta inmediata es construir una compostera, para hacer abono orgánico. Eso les va a permitir mantener la sustentabilidad en el tiempo y una actividad mejor planteada, desde el punto de vista de utilizar los recursos que son imprescindibles para desarrollar cualquier huerta.

Nada se pierde, todo se transforma

De un ‘yo’ a un ‘nosotros’

Después de estar casi dos años y medio batallando solo por la huerta, pero con una voluntad férrea, una cuchara de albañilería y una pala prestada, logró que hoy sea una acción comunitaria entusiasta y comprometida, admirada además por vecinos de otros edificios quienes, ante el ejemplo, se acercan y desean construir sus propios huertos: “Estamos tratando de darle soporte a algunos vecinos que quieren iniciar sus huertos. Les hemos asesorado en ciertas técnicas y determinadas plantas que son propicias de acuerdo con el ambiente. La factibilidad de la agricultura urbana en edificio es viable, lo demostramos. Es otra forma de ver la vida, viviendo, construyendo vida y mejorándola, ya que de allí nos beneficiamos todos”.

De un ‘yo’ a un ‘nosotros’

El conocimiento nos libera

Pero ¿por qué el empeño de este docente y la comunidad del edificio El Guayabo en llenarse de tierra, llevar este sol tan especial de Maracaibo, andar recogiendo agua y recolectando cuanto potecito desechado o matica se encuentran?: “Porque esta práctica nos hace sentirnos más humanos y, a la par, eleva nuestro nivel de bienestar personal y colectivo con algo que es importante: con el esfuerzo propio, es decir, nos estamos liberando, porque en la medida que aprendemos, generamos conocimiento sobre nuestra propia vivencia, vamos siendo seres humanos cada vez más libres”.

Por Venus Ledezma
Oficina de Comunicación e Información

Alcaldía Bolivariana de Maracaibo 

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