Hace 175 años falleció el héroe de los zulianos

Exactamente a las 12:30 de la madrugada del 23 de agosto de 1845 deja de existir el personaje de mayor trascendencia en la historia zuliana.

En su lecho de muerte, en una habitación del hotel Chatan, en París, rodeado de sus dos hijos mayores, Rafael Guillermo y Luciano, de los doctores Civiales, Valpeau, Marjorlin y Chomel; de su fiel asistente de toda la vida, Clemente Gómez, y de su muy amigo, el neogranadino Diego Tanco, al general en jefe Rafael José Urdaneta Farías, El Brillante, le realizan su primera y única fotografía.

Se trata de un daguerrotipo, el que –también, por primera vez– nos permite a los venezolanos ver, en carne y hueso, a un prócer.

La técnica del daguerrotipo –novedoso procedimiento fotográfico con impresión sobre una placa de cobre plateado– se había inventado apenas seis años antes. La pieza, que aún se conserva, se mantuvo en el ámbito privado de los descendientes de Urdaneta por espacio 143 años y fue sólo hasta 1988 que se mostró en público.

Urdaneta en la pintura venezolana

Hasta ese momento, la imagen que los venezolanos tenían de su héroe de la Independencia era a través del pincel de los renombrados pintores Martín Tovar y Tovar, en 1874, cuadro exhibido en el Salón Elíptico de la Asamblea Nacional; de Tito Salas, en la celebración de su boda, con la colombiana Dolores Vargas, más otros 3 lienzos, todos de 1945; de Juan Lovera (el “pintor de los próceres”), de Pedro Lovera (1842), de Manuel Puchi Fonseca (1936 y 1937, colección del Museo Histórico Rafael Urdaneta), de Carmelo Fernández, más otros tantos artistas visuales, entre ellos uno en especial que se atribuye al muy reconocido español Federico Madrazo (1845).

Se cree que este último cuadro pudo realizarse con la máscara que se le tomó directamente al rostro de Urdaneta ya fallecido, pero la firma del autor está ilegible.

Tenía la posibilidad de ser Presidente de Venezuela. Urdaneta contaba con el consenso de todos los sectores políticos para este cargo, y la prensa también lo veía de buen modo en vista de su carácter cordial, sereno, amén de todas sus credenciales en la vida militar, política, administrativa y diplomática.

El compromiso por encima de todo

Rafael Urdaneta fue una figura estoica. Su sentido de compromiso y la honra de la palabra empeñada, lo impulsó a ejecutar hazañas y a sobrellevar hasta sus últimas consecuencias lo que ello acarrearía. Precisamente, eso fue lo que lo llevó finalmente a la tumba.

El militar jugado en el campo de batallas, el administrador público eficiente y pulcro, el estadista que se creció en las adversidades, el magistrado probo, el legislador con iniciativas, puso nuevamente en segundo plano –tal como acostumbraba hacer– su salud, hasta que pagó con su muerte el querer cumplir, sin demoras, las importantes misiones que le había encomendado el entonces presidente Carlos Soublette: que España estampara su firma definitiva reconociendo la Independencia de Venezuela y gestionar, ante los británicos y franceses, un empréstito para darle la libertad a los esclavos en el país. 

El zuliano se negó rotundamente a retrasar sus gestiones por el lapso de los 30 o 40 días que los especialistas en Londres –su anterior escala rumbo a París, para luego seguir camino a España– le pronosticaron para recuperarse de la operación de una litiasis de vías urinarias que debía practicarse con urgencia. La pospuso y siguió su ruta. Y por eso la madrugada de ese agosto aciago, el héroe de las 27 batallas campales, el que fuera el último presidente de la Gran Colombia, el amigo fiel de Simón Bolívar, su lugarteniente, fallece en una habitación de hotel, a los 57 años, lejos de su querida patria y de su fiel compañera Dolores, y de sus otros nueve hijos.

Las heridas de la guerra

La autopsia reveló que la “irritación había degenerado en inflamación, los riñones estaban deshechos, y su vejiga enteramente dañada”. El general estuvo orinando gotas de sangre pura.

El primogénito de Urdaneta, Rafael Guillermo, detalla –mediante una carta enviada al presidente Soublette– “todos estamos asombrados de que mi papá haya vivido tanto tiempo y haya tenido tanta resistencia por sufrir dolores atroces” a causa de “la piedra (cálculo) más colosal que ahora se ha visto” (exhibida hoy en día en el Museo Histórico Rafael Urdaneta, en Maracaibo).

Pero éste fue solo uno de los tantos combates que el general en jefe debió dar en su agitada vida. A estos males de salud hay que añadirle el reumatismo que adquirió por las extenuantes marchas en la selva de San Camilo (Apure, 1820), así como los efectos de las dos veces que resultó herido en combate (en la Tercera Batalla de La Puerta y en Aguasanta) más una ceguera que le apagó su ojo izquierdo y una visual muy limitada en su ojo derecho. Ninguna de estas afecciones, sin embargo, le había impedido cumplir con su deber. Hasta ese funesto 23.

La despedida a un prócer

 23 de agosto de 1845

El general Rafael Urdaneta fallece en París. Su cuerpo es embalsamado por el reconocido médico francés Monsieur Gannal, para su posterior traslado a Venezuela.

26 de agosto de 1845

Se realizan en París unos modestos funerales. El cadáver es depositado en una bóveda, mientras se gestiona el regreso a su país natal.

Septiembre de 1845

El presidente Carlos Soublette escribe acongojado, en carta: “Para agravar más mis penas, ha venido ahora la muerte del general Urdaneta, que veo como una calamidad para Venezuela”.

1 de octubre de 1845

Parten hacia Venezuela, por vía marítima, los restos mortales.

29 de octubre de 1845

El primogénito de Urdaneta, Rafael Guillermo, escribe emocionado a su tío J.I. París: “Ahora es que he venido a conocer lo mucho que querían a mi papá en Venezuela; su muerte ha sido un duelo general en toda la República… Han hecho una suscripción nacional para recibir los restos de mi papá y hacerle honores tan suntuosos como los del Libertador”.

23 de noviembre de 1845

A tres meses de su deceso, cumplidos todos los trámites legales, y luego de largo periplo marítimo, finalmente el féretro llega a La Guaira.

25 de noviembre de 1845

Este día es llevado a la iglesia parroquial del puerto. Se realizan oficios religiosos. Una guardia de honor preside las pompas.

26 de noviembre de 1845

Con acompañamiento oficial, el ataúd es trasladado a Caracas. Una gran concurrencia de pueblo lo acompaña hasta el templo de San Francisco, donde es depositado sobre un catafalco; en acto solemne y capilla ardiente.

27 de noviembre de 1845

Se realiza una ceremonia religiosa de cuatro horas. Luego, se le da sepultura en una bóveda del mismo templo. La concurrencia fue masiva y los actos estuvieron encabezados por el presidente de la República, Carlos Soublette.

16 de mayo de 1876

A 31 años de su muerte, sus restos son trasladados al Panteón Nacional, y colocados al lado del Libertador.

24 de julio de 1938

El presidente de la República, el general Eleazar López Contreras, decreta la erección de un monumento funerario en el Panteón Nacional para conservar los restos del prócer de la Independencia.

• 23 de agosto de 1945

En el centenario de su muerte, el catafalco donde reposaban sus restos en el Panteón Nacional es sustituido por un mausoleo construido con las colectas populares y aportes del gobierno nacional. El anterior túmulo fue traído a Maracaibo.

Por Lisbeth Rosillón
Oficina de Comunicación e Información
Alcaldía Bolivariana de Maracaibo